I-Yo simplemente me pregunto cuántas ideas habrán quedado tan sólo en eso, en ideas, y lo comparo con el horror de un aborto, de un alma que no pudo existir, de un árbol que nunca pudo jugar con la creación de su propia forma, ni nunca entregar sus frutos a la tierra. Ideas perdidas. Ideas sin tiempo ni espacio. Sin siquiera la capacidad de flotar eternamente -pero flotar-.
Cuánto nos cuesta como humanos materializar las cosas. Al parecer somos malos artesanos... quizás es algo que se deba a la cultura que nos cría tan cómodos. Tan perjudicial, porque, si la vida es constante construcción, ¿qué estamos haciendo?.
Ideas. Ideas. Fantasías. Pérdida de oportunidades. No sé qué hacemos, somos malos forjadores de la realidad, puesto que lo que alcanzamos a materializar no es más que la punta del iceberg de lo que pudo ser.
Por ello todo artista (los que realmente lo son) es tan respetable. Crear, transgredir límites, es toda una hazaña, es la independencia, la realización.
Nunca ha habido nada de qué tener miedo.
II- No hay cosa que nos guste más que sentir placer sin siquiera dar las gracias. Y peor aún que eso, exigirlo. Como si fuese nuestro derecho tener/sentir más. ¿Cómo no entender que toda aquella migaja que saboreemos es un regalo?. ¡Cuánta ingratitud, egoísmo y egocentrismo!.
Y resulta que no es sólo eso, sino que además la construcción del presente se desvanece entre la búsqueda de placeres efímeros, pasajeros. ¿Dónde la entrega?, ¿dónde el esfuerzo?, ¿y para qué la consciencia?. A ese ritmo nos volveremos seres del momento sin tiempo. Entendimos mal cuando nos dijeron que abrazáramos el día, puesto que, por el contrario, lo estamos dejando ir, y dejándolo ir nos encontraremos en un futuro hostil.
La vida es cíclica, el esfuerzo de hoy son los frutos que nos alimentarán mañana. No podemos romper ese ciclo, romperlo es caer en la desgracia. La gracia de vivir el día es sentirlo en todos los aspectos, es apreciar, es tomar consciencia, no perderla. No perderla. En especial en estos días en que hay tanto que construir.
Una(s) de tantas otras focalizaciones de lo mismo
miércoles, 24 de abril de 2013
viernes, 12 de abril de 2013
Soledad de madrugada.
Mi soledad es difícil de explicar. Con tan sólo decir que me cuesta en demasía el salirme de mi espíritu cínico para contarla, se entiende que con esa desnudez yo simplemente me desvanecería. Con todo, me dedicaré a contarla, si es que las palabras me dan el favor de conjugarse en correlato fiadero.
Me pregunto yo como irá a ser mi muerte. A veces me imagino historias propias de la literatura novelística en las que me veo auto-asesinado por una conciencia en desvariado despiste, - no suicidado, pues es mi inconsciente el que me lleva a cruzar la calle aún a sabiendas de que se acerca un auto a peligrosa velocidad - , y muerto como por obra de una voluntad lúcida sobre el fin de su tarea en la tierra.
Me imagino que simplemente ya no hay nada más que ser, ni hacer, por lo tanto la partida se hace inevitable. Adiós mundo, adiós atardeceres, y colores del ocaso. Yo me voy. Anocheceres y noches de tenue luz y eterno viaje estelar, vosotras habéis acabado de hace tiempo. En mi recuerdo las imágenes de suave piel y cabellos en cadencioso movimiento ya cada vez van haciéndose más borrosas, como un llanto difuso y lejano, en el que se confunden las viejas realizaciones de la eternidad con una pena de pobre desposeído.
Y ahora, que está todo, menos tú, yo siento un enorme abismo a mi lado, en mi cama, y en mi cuerpo. Por las calles mendigo abrazos de una calidad digna de los protocolos temerosos de la comunicación. Y aparecen las canciones, las evocaciones, las ausencias y los recuerdos; y un vacío que se expande como el apetito de un agujero negro, como el mismo que en su momento nos hizo tragarnos el uno al otro bajo el ritmo del son ritualista.
Por las calles camino solo y ahora en las placitas tenuemente iluminadas por el color lúcuma de la ciudad, me tengo que leer yo solo. A veces los focos de las luces en la noche me absorben y raptan, en un caminar que parece más bien el levitar de un espíritu anciano y agotado. Aún así, me sigo consolando con las estrellas que alguna vez vi contigo, preguntándoles cuál será mi nuevo camino, preguntándoles si acaso existe uno, o si acaso todo esto ha sido en vano. Siguen sin darme respuesta. Pero aún así me animan. Su orden, su titilar celestial, su suspensión entretejida por el amo de las cosas y las energías, me dicen que hay algo. Algo quizás de lo cual soy inútil e insignificante. Nada. Aún así, luego de estos fulgentes y efímeros escapes, vuelvo a realidades más mundanas y entrañables, y me siento maltrecho, como si hubiese caído desde distancias siderales a un suelo duro como la realidad.
En mi vida me he puesto a practicar el más grande estoicismo. Ni modo. De todas formas, no puedo decir que no me guste. Me gusta aquello que encuentro, y me empieza a gustar el observar mientras todos bailan. No me importa la marginalidad, yo sigo manteniendo mi capacidad de reír, aunque el reír remarque diferencia y extranjería. Loco, absolutamente loco; enajenado por la soledad, exprimido por la necesidad afectiva, drenado cualquier vestigio de caricia hasta la sequía, mi cuerpo se mueve en concienzudos movimientos, mi mirada se fija en seria expresión. Me escondo en la caverna. Me escondo en la caverna. Me escondo en la caverna, y me libero en los sueños. Alcanzo las estrellas y revivo a los muertos, los revivo e inauguro un nuevo día de nostalgia que comienza con un reloj sonando en un gélido amanecer a las siete de la mañana.
Me pregunto yo como irá a ser mi muerte. A veces me imagino historias propias de la literatura novelística en las que me veo auto-asesinado por una conciencia en desvariado despiste, - no suicidado, pues es mi inconsciente el que me lleva a cruzar la calle aún a sabiendas de que se acerca un auto a peligrosa velocidad - , y muerto como por obra de una voluntad lúcida sobre el fin de su tarea en la tierra.
Me imagino que simplemente ya no hay nada más que ser, ni hacer, por lo tanto la partida se hace inevitable. Adiós mundo, adiós atardeceres, y colores del ocaso. Yo me voy. Anocheceres y noches de tenue luz y eterno viaje estelar, vosotras habéis acabado de hace tiempo. En mi recuerdo las imágenes de suave piel y cabellos en cadencioso movimiento ya cada vez van haciéndose más borrosas, como un llanto difuso y lejano, en el que se confunden las viejas realizaciones de la eternidad con una pena de pobre desposeído.
Y ahora, que está todo, menos tú, yo siento un enorme abismo a mi lado, en mi cama, y en mi cuerpo. Por las calles mendigo abrazos de una calidad digna de los protocolos temerosos de la comunicación. Y aparecen las canciones, las evocaciones, las ausencias y los recuerdos; y un vacío que se expande como el apetito de un agujero negro, como el mismo que en su momento nos hizo tragarnos el uno al otro bajo el ritmo del son ritualista.
Por las calles camino solo y ahora en las placitas tenuemente iluminadas por el color lúcuma de la ciudad, me tengo que leer yo solo. A veces los focos de las luces en la noche me absorben y raptan, en un caminar que parece más bien el levitar de un espíritu anciano y agotado. Aún así, me sigo consolando con las estrellas que alguna vez vi contigo, preguntándoles cuál será mi nuevo camino, preguntándoles si acaso existe uno, o si acaso todo esto ha sido en vano. Siguen sin darme respuesta. Pero aún así me animan. Su orden, su titilar celestial, su suspensión entretejida por el amo de las cosas y las energías, me dicen que hay algo. Algo quizás de lo cual soy inútil e insignificante. Nada. Aún así, luego de estos fulgentes y efímeros escapes, vuelvo a realidades más mundanas y entrañables, y me siento maltrecho, como si hubiese caído desde distancias siderales a un suelo duro como la realidad.
En mi vida me he puesto a practicar el más grande estoicismo. Ni modo. De todas formas, no puedo decir que no me guste. Me gusta aquello que encuentro, y me empieza a gustar el observar mientras todos bailan. No me importa la marginalidad, yo sigo manteniendo mi capacidad de reír, aunque el reír remarque diferencia y extranjería. Loco, absolutamente loco; enajenado por la soledad, exprimido por la necesidad afectiva, drenado cualquier vestigio de caricia hasta la sequía, mi cuerpo se mueve en concienzudos movimientos, mi mirada se fija en seria expresión. Me escondo en la caverna. Me escondo en la caverna. Me escondo en la caverna, y me libero en los sueños. Alcanzo las estrellas y revivo a los muertos, los revivo e inauguro un nuevo día de nostalgia que comienza con un reloj sonando en un gélido amanecer a las siete de la mañana.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)