Una(s) de tantas otras focalizaciones de lo mismo

viernes, 5 de noviembre de 2010

La Derrota.-

Un ciego se tambalea. Los focos se encienden. La muchedumbre estalla en murmullos cada vez más fuertes y su ruido llega a rebalsar al coliseo. El ciego logra escuchar pero su balanceo continúa en creciente decadencia. Las monedas de acero viajan errantes de aquí para allá, pasando por cada una de las asquerosas manos de los espectadores que consumen y vomitan su dinero como cerdos capitalistas, apostando por la opción que creen certera para así seguir fomentando el crecimiento de su codicia. El ciego logra ver la deforme masa acústica que se derrama por las paredes ya desgastadas del grandioso anfiteatro, le perturba el pensar en la posibilidad de que ésta pueda alcanzarlo; la distracción por poco le causa la caída. Los focos se apagan. -Silencio-. La caterva ya ni suspira, simplemente se limita a contemplar el único círculo de luz blanca que queda en el centro, luz que ilumina lo que parece ser la imponente mesa de un juez, irguiéndose ahí al medio con fatua actitud, con su respectivo martillo justiciero y confeccionada con la típica madera embarnizada que caracteriza a los inmuebles de la corte. Todo lo demás es negro. El ciego por fin se estabiliza, pero se queda expectante, logra escuchar a las pelusas volátiles que cortan el aire iluminado por el único foco que queda encendido dentro, pero no logra entender qué se avecina, pronto encuentra respuesta. Entra la imputada, los descuidados cabellos tapan su rostro que mira hacia el suelo que pisan sus pies descalzos. El portón metálico se cierra tras suyo con indiscreta agresividad, provocando un enorme estruendo que anuncia que ya no hay salida, los deja a todos sordos y consigue derribar al ciego, quien en desaforados intentos por aferrarse de algo que no sea efímero logra salvarse de caer al abismo que lo rodea. La imputada avanza con penosos pasos que cuentan la des-nudez y la des-nutrición de la que es víctima. Se dirige lentamente hacia el centro del recinto y después de largos minutos de agonía logra situarse frente a la mesa del juez. Hace sonar el martillo en un último esfuerzo agotado y cae sobre el asiento. Es la hora. Un espejo es traído por criaturas cuyos rostros la oscuridad no permite observar, y es puesto justo en frente de ella. Parte del foco restante se apaga, limitándose a iluminar solamente el espejo, que nada refleja porque aparte de él, todo permanece negro. El ciego suda de nerviosismo mientras está de cuclillas sobre la limitada superficie que le ofrece el único pilar que lo sostiene. Comienza la función. Y las voces empiezan a gritar; gritan desesperadas, gritan intentando superarse las unas a las otras en decibeles, como si por eso fuesen a ganar su maldita apuesta y sus dedos juzgadores se abalanzan sobre el centro, sí, el centro, el lugar en que ella está; buscando hacerle entender de una puta vez que su patética existencia no le corresponde a este mundo perfecto, que su famélico cuerpo es incompatible con las ostentosas orgías en donde las obesas se convierten en obesas eternas al bañarse en ríos de líquido vital, sí jodidos hipócritas, estoy hablando de litros y litros de semen mezclados con millones de óvulos ansiosos de placer rápido, fácil e intenso. Y todo esto es como una ola avasalladora de verdad para ella, verdad que le esculpe la cara y la deja desfigurada, y ella se atreve a abrir uno de sus antes apretujados párpados y lo que logra ver justo delante es todo lo que nunca quiso ser, pero lo es, y ahora cierra más fuertemente los ojos pero eso no la libera de la horrible imagen que vio, y al contrario, se hace cada vez más palpitante dentro de ella, carcomiéndola como si fuera la peor de las enfermedades de transmisión existencial y el ruido del tumulto es cada vez mayor mientras los dedos sedientos de sangre ya logran alcanzarla y le hacen daño al mismo tiempo que el enclenque pilar del ciego oscila peligrosamente de un lado a otro, pero él no puede aferrarse a nada porque el ruido también le hace daño y para lo único que ya puede utilizar sus cansadas manos es para taparse los oídos que se le revientan en injurias dirigidas hacia ella pero que demarcan el fracaso de él y entonces la imputada toma una decisión y el pilar se desmorona, dejando caer al que ahora quiere ser sordo y la imputada acepta su culpabilidad firmando con una dolorosa línea escarlata que hace que el ciego toque fondo y el caso ya está resuelto y los dos cuerpos muertos y -¡Pam!- suena el martillo... todo vuelve a una calma impregnada de oscuridad.
Un breve silencio inunda el lugar pero pronto toda la alegría contenida por los inquisidores se libera en aplausos eufóricos que se complementan con las luces multicolores y los fuegos artificiales que le brindan un calor artificial a éstas personas artificiales en su mundo artificialmente feliz, y tienen razones para continuar con las cosas así, porque terminó la función y su desdeñable falsedad ganó una vez más.

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