Estaban los dos sentados el uno al lado del otro, cuando, en un impulso repentino, él intentó coger y acariciar su mano sin siquiera alcanzar a tocarla, dado que al más mínimo roce, e incluso yo diría que a la más mínima intención de hacerlo, ella puso a salvo su extremidad como por instinto y lo miró frunciendo el ceño en un gesto que hasta casi se podría confundir con la indignación.
Desconfiada, y sin pronunciar palabra ni perder más tiempo, se levantó y se fue.
Al igual que antes, él permaneció sentado en el mismo lugar, es sólo que ahora no había nadie a su lado; esta vez era dueño de una soledad mayor.-
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