Una(s) de tantas otras focalizaciones de lo mismo

lunes, 5 de noviembre de 2012

Libación.-

Días de voluble ánimo, días de triste angustia, días de confusión y agotadores esfuerzos desesperados. Días en los que dejo los placebos y  aparece todo el sufrimiento que hasta ahora había evitado. La piedra cargándose fuerte sobre mí, y yo a duras penas tratando de resistir.
Días en que me vuelvo a encontrar con mi vieja amiga, la Soledad. Ella se hace presente en mi vida sutilmente, llama a la puerta y yo no le quiero abrir. Llama a la puerta y tiene una sonrisa burlesca en su rostro, porque sabe que en algún momento tendré que salir, y que ese evitado momento se acerca y se acerca.
Mientras, el tren aproxima a estrellarse. El tren anda, avanza; se mueve, todo rápido, con su sonido peculiar, como un reloj que con su tic-tac no te deja descansar del paso del tiempo, del terrible paso del tiempo, del futuro, de las preocupaciones, el puto estrés y su deber tortuosamente esclavizante.
Días, días, ¡qué días interminables!.
Mis pies y su andar. La gente, el ruido, los mundos, las miles de verdades falsas, la máquina disfuncional a la que estoy terrenal e inevitablemente amarrado. Detrás de todo eso, mi corazón y su palpitar, siempre en disonancia, pero más que eso, siempre en medio del Silencio, ¡maldito Silencio que no acabas de terminar!. Siempre ahí, perenne, riéndose de cada ingenua distracción para después hacerse presente con el poder de un cataclismo desolador. Eres, junto a la Soledad, rey del ocaso.
Dios está en todas partes, pero es arbitrario, Dios no tiene ojos ni manos. Dios se acerca y te toma, y hace contigo lo que él quiere, ¡qué importa si bien o mal has hecho!. Dios no es dios... ni alá. Dios insensible, Dios implacable, y nosotros aquí, moviéndonos de aquí para allá al alelo de reyes sombríos.
Sombras, sombras que me abrazan y me hacen recordarte a tí, pero también me acuerdo de tí follando, con otro, y la sentencia es inexorable. Caminos bifurcados: Tú te fuiste al sur y yo me fui al norte, donde el sol quema, donde los espejismos aparecen y confunden, donde todos los horizontes son iguales y te pierdes, donde la sed te ahoga y te convierte en arena. No sé exactamente dónde estas tú, pero, ¡qué mas da, te deseo bien!
Los males piden cánticos como tributos. He aquí uno de ellos. He aquí, mi momentánea tranquilidad.

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